Durante la época novohispana, ingredientes comunes como el chocolate, el maíz, las hierbas y las especias, además de utilizarse para la alimentación cotidiana, también formaron parte de rituales de hechicería, prácticas adivinatorias, remedios y preparaciones a las que se atribuía el poder de influir en la voluntad de las personas, modificar relaciones afectivas o aliviar enfermedades. En el artículo “Recetas brujeriles. Alimentos en la hechicería novohispana”, el chef investigador Jaime Iram Vargas Barrientos examina, a partir de estudios basados en documentos inquisitoriales y archivos eclesiásticos, cómo los ingredientes de la cocina se incorporaron a prácticas consideradas brujería durante el periodo colonial, y su investigación nos permite conocer otra cara de la historia alimentaria de México, en la que convergen las tradiciones indígenas, europeas y africanas, así como las creencias, los conocimientos populares y las condiciones sociales de la época. Imagen principal IA
Recetas brujeriles. Alimentos en la hechicería novohispana
Texto: Jaime Iram Vargas Barrientos, chef investigador
Varios estudios basados en archivos inquisitoriales o en archivos judiciales eclesiásticos de la Nueva España han explorado las denuncias de acciones consideradas nefandas, contrarias a la naturaleza humana y al orden religioso. Los documentos que describen los actos denominados brujería o hechicería permiten acercarse a una vida cultural novohispana en la que convivían símbolos, estrategias de supervivencia, agencia femenina y sistemas míticos. Sin embargo, estos apenas se recuperan en algunas líneas, filtrados por la pluma de quienes buscaban denunciar, registrar y juzgar esas prácticas. Dentro del acto brujeril, los elementos materiales y los rituales empleados para transformar la realidad muestran cómo los insumos del universo culinario novohispano podían convertirse en vehículos de hechizos o en objetos a los que se atribuía la capacidad de intensificar sus efectos.
Retomando los trabajos de distintos autores, recupero los pasajes donde la acción hechiceril requería un alimento para realizarse. Me interesa observar cómo las preparaciones que en otras circunstancias servían para nutrir los cuerpos podían emplearse también con la intención de transformar las condiciones de vida de los sujetos novohispanos.
Siguiendo a Frazer, pueden distinguirse dos principios de la magia simpática: la semejanza y el contagio. La magia imitativa se basa en la idea de que lo semejante produce lo semejante. Bajo este principio pueden analizarse las figuras antropomorfas de queso asadero que representaban a las personas sobre las que se deseaba actuar. La magia por contagio supone que aquello que estuvo unido conserva una relación aun después de separarse, como ocurre con la sangre o el cabello de una persona. Desde esta clasificación, el uso de un mechón del amado para anudar una nuez moscada puede interpretarse como una relación de contagio; colgarla de un árbol para que el amor creciera permite reconocer, además, una asociación por semejanza. Estos usos permiten observar la importancia de los insumos culinarios como materiales disponibles para la práctica hechiceril, junto a reliquias, talismanes y otros objetos investidos de poder.
La brujería novohispana
Después de los procesos de conquista, las comunidades originarias, desde sus particulares circunstancias, negociaron, transformaron y adaptaron sus prácticas rituales. También incorporaron elementos de otras tradiciones que podían relacionarse con las formas que conocían para mejorar la salud, pronosticar el clima o solicitar algún favor a las fuerzas sobrehumanas.
Los rituales de fertilidad del campo, las prácticas de curación y el uso de hierbas, alimentos y otras sustancias fueron trastocados por los principios reguladores del sistema religioso colonial hispano. Los conocimientos sobre la naturaleza, el tiempo y el cuerpo entraron en contacto con prácticas de procedencia ibérica y africana.

La bruja o el brujo castigado, asociado a fuerzas diabólicas y considerado enemigo de la Iglesia, fue una figura definida desde el discurso religioso colonial. Esa representación no necesariamente correspondía con la manera en que mujeres y hombres entendían sus propios conocimientos ni con las razones por las que otras personas acudían a ellos para intentar cambiar sus condiciones de vida.
El Chocolate
Uno de los alimentos asociados con la hechicería en los archivos inquisitoriales fue el chocolate. Su consistencia, color oscuro y aroma permitían disimular sabores, olores y sustancias añadidas a los bebidizos. En los casos recuperados se mencionan ingredientes como cenizas del corazón de un ave y sangre menstrual.
El chocolate estuvo presente en espacios de sociabilidad femenina y fue objeto de controversias religiosas acerca de si su consumo interrumpía el ayuno. En algunas denuncias también aparece vinculado con mujeres negras y mulatas que trabajaban en el servicio doméstico y a quienes se atribuían conocimientos hechiceriles.

En estos casos, la bebida funcionaba como un conducto sigiloso para introducir las sustancias en el cuerpo de la persona sobre la que se deseaba actuar. Su uso aparece relacionado con los hechizos de amor y, en particular, con el propósito de “amansar” a los hombres o doblegar su voluntad.
Las solicitudes de estos hechizos podían responder al deseo de una enamorada, pero también pueden analizarse como intentos de modificar relaciones de dependencia, maltrato o precariedad. Desde esta perspectiva, los amoramientos ofrecían a algunas mujeres una posibilidad de intervenir en sus condiciones afectivas, económicas y sociales. Para quienes ocupaban posiciones subordinadas en el orden colonial, una unión con un hombre español podía representar una expectativa de mejora para ellas o para sus hijos.
En los ejemplos que combinaban sustancias y fórmulas verbales, el alimento no actuaba por sí solo, la intención requería oraciones, ensalmos o palabras a las que se atribuía la capacidad de orientar el hechizo. Una de las fórmulas recuperadas de los archivos es “Con dos te miro”, cuyas palabras atestiguan la fuerza con que se deseaba la sumisión de la persona amada:
Con dos te miro,
con dos te ato;
la sangre te bebo
y el corazón te ato.
El maíz
El maíz, alimento fundamental de la sociedad mexicana, aparece en los mitos de origen y en las concepciones del mundo de distintas comunidades anteriores a la invasión hispana. Su uso en actos adivinatorios se registra entre los mexicas y otros grupos que recurrían a la lectura de los granos para conocer las causas de una enfermedad, anticipar acontecimientos o consultar sobre las acciones de una persona.

También existían diferentes formas de consultar el maíz. En algunas se arrojaban los granos al agua y se observaba si flotaban o se hundían; en otras se empleaban semillas de distintos colores (rojo, blanco, amarillo y negro) que se lanzaban sobre un pañuelo para interpretar las figuras que formaban. La bibliografía etnográfica registra la continuidad hasta nuestros días de procedimientos adivinatorios con maíz entre distintos pueblos originarios
Durante el periodo colonial, estas prácticas coexistieron con la “suerte de las habas”, de procedencia europea judía. Aunque ambas recurrían a semillas, sus procedimientos y formas de interpretación variaban. En uno de los métodos recogidos, se arrojaban diecinueve habas junto con otros objetos sobre una superficie y se interpretaba su cercanía y disposición.

Una oración que acompañaba la lectura de las habas era:
No conjuro habas,
sino con el corazón de Fulano y de Fulana, (…)
con el campo y con las yerbas,
con el mar y las arenas,
con el sol y con sus rayos,
con el bienaventurado señor San Ciprián,
si suertes echó en la mar
y le salieron ciertas y verdaderas,
así me salgan estas.
Hierbas y especias
Las denuncias contra mujeres acusadas de actos brujeriles mencionan con frecuencia el uso de hierbas. Los conocimientos sobre plantas nativas, su consumo y sus aplicaciones terapéuticas podían ser interpretados como hechicería, sobre todo cuando se acompañaban de prácticas que las autoridades religiosas consideraban supersticiosas. En los testimonios aparecen plantas hechas polvo y mezcladas con otras sustancias en brebajes. Algunas también formaban parte de la alimentación local; otras se empleaban por sus efectos medicinales o por las propiedades que se les atribuían dentro del ritual.
A diferencia de la brujería europea que hacía uso del beleño, la mandrágora o la belladona, en América las plantas psicoactivas tenían uso ritual en las comunidades indígenas como los hongos o el peyote, y solo algunas otras llegaron a emplearse en la actividad brujeril , como el toloache, la raíz de puyomate o la semilla de la trompetilla.

Otros insumos culinarios, como la canela, el clavo, la nuez moscada, la semilla de col y la sal, aparecen en ungüentos y pociones. Podían aromatizar las preparaciones y contribuir al efecto buscado mediante el hechizo.
Las preparaciones con siempreviva, ruda u otras plantas de traspatio, recolectadas en el monte o adquiridas en el mercado, también formaban parte de los recursos de curación. En los casos donde su empleo se acompañaba de oraciones, las palabras permiten observar qué males se buscaba evitar o remediar. Entre las fórmulas recuperadas se encuentra la siguiente:
no le caiga cáncer,
ni sangre corrompida,
ni sea aujentada,
ni dañada, ni cerrada,
ni afistolada, ni apocoñada
ni sacenda de frío ni de agua de viento
ni de otro ningún llamamiento
De esta manera, podemos observar algunas de las funciones de los alimentos en la hechicería novohispana, que desbordaba sus usos culinarios: servían como un vehículo o conducto de la acción brujeril; a través de ellos se generaban signos interpretables y se les atribuía poder transformante sobre la condición de las personas.
Aun así, hay que considerar la orientación del gusto de los sujetos como un factor determinante en la construcción de estas recetas, pues seguramente algunas de las fórmulas mágicas, además de hacer la voluntad del solicitante, debieron dejar un buen sabor de boca.
Receta: Bebedizo amorizante
Ingredientes
- 30 g de chocolate de mesa, picado
- 150 ml de leche
- 50 ml de agua
- 30 ml de jugo de betal, colado
- 4 hojas de hierbabuena seca
- Una pizca de ceniza de tortilla de maíz o totomoxtle
Preparación
- Calienta el agua con la hierbabuena. Cuando comience a hervir, retira del fuego,
tapa y deja reposar durante 3 minutos. Cuela. - Añade la leche y calienta a fuego bajo. Incorpora el chocolate y mueve hasta
disolverlo. - Agrega el jugo de betabel y la pizca de ceniza de tortilla. Mezcla y calienta durante
un minuto, sin dejar que hierva. - Bate con un molinillo o batidor pequeño para formar espuma, intenciona y sirve
caliente.

Jaime Iram Vargas Barrientos. Licenciado en gastronomía por la Universidad Autónoma de Durango, Maestro en Ciencias y Humanidades con terminación en historia por la Universidad Juárez del Estado de Durango y diplomado en “Patrimonio y Cultura. Definiciones, debates y retos” y “Cocinas y cultura alimentaria en México”, ambas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Su línea de Investigación es sobre el Patrimonio Alimentario de Durango, los Recetarios antiguos, la Cocina de resistencia y para viajar. El Chef Jaime es Coordinador de la carrera de Gastronomía de la Universidad Vizcaya de las Américas y es miembro fundador del Conservatorio de la Cultura Gastronómica de México Capítulo Durango. Miembro de la Delegación de Investigación Nacional de Vatel Club México A.C.
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