Más que un pan festivo, la rosca de Reyes es uno de los símbolos gastronómicos más complejos del calendario ritual mexicano. La rosca, consumida cada seis de enero, concentra siglos de historia en los que el alimento funciona como mecanismo de azar, cohesión social y construcción de vínculos afectivos. Desde sus raíces en las festividades romanas hasta su adaptación en el México del siglo XIX, este producto articula prácticas de elección, compadrazgo y compromiso que trascienden lo religioso.
Este texto es un trabajo de investigación del chef Jaime Vargas, integrante de Vatel Investigación, y propone una lectura histórica y cultural de la rosca de Reyes como vestigio comestible de antiguas formas de organizar el tiempo, la comunidad y el destino.
Entre el 25 de diciembre y el 2 de febrero, el calendario ritual mexicano concentra una serie de celebraciones que articulan vínculos sociales, afectivos y económicos más allá de su dimensión religiosa. En ese breve periodo, que va de la Navidad a la Candelaria, incluso desde el 12 de diciembre -día de la Virgen de Guadalupe-, el alimento cumple una función primordial en la organización social. La rosca de reyes, consumida el 6 de enero, es una de las piezas centrales de ese entramado simbólico.

Hoy se le percibe como un pan festivo, aromatizado con azahar y naranja, decorado con frutas cristalizadas, pastas dulces y atravesado por la dinámica sortílega de “sacar el niño”. Sin embargo, su presencia en México es relativamente reciente y su función histórica fue mucho más compleja. Esta investigación, basada en notas periodísticas del siglo XIX y en recetarios decimonónicos, permite observar que la rosca no sólo acompañaba la celebración de la Epifanía, sino que funcionaba como un mecanismo ritual de elección, emparentamiento y cohesión social.
La explicación más difundida sobre la rosca se ancla en la tradición cristiana, el 6 de enero, día de la Epifanía, cuando se conmemora la llegada de los Reyes Magos a Belén y la entrega de los dones al niño Jesús. La figura escondida en el pan suele interpretarse como una alusión al infante oculto para protegerlo de la persecución de Herodes. No obstante, esta lectura es muy reciente a la fecha y responde a un proceso de cristianización de prácticas mucho más antiguas.
Desde la Antigüedad romana, el acto de esconder un objeto dentro de un pan estuvo ligado al azar y al destino. Durante las Saturnales de diciembre, fiestas dedicadas al dios Saturno, se ocultaba una haba en un pan circular endulzado; quien la encontraba era proclamado “rey” de los tontos por un día. En enero, durante las fiestas januales en honor a Jano, dios de los comienzos y los finales, se ofrecían panes redondos de higos y dátiles, reforzando la relación entre forma, tiempo y ciclo.
El haba, asociada históricamente a la adivinación y al porvenir, fue durante siglos el elemento elegido para señalar al “afortunado”. No es casual que este simbolismo haya sobrevivido, transformado, dentro del cristianismo medieval. A lo largo de la Edad Media, la Iglesia absorbió numerosas festividades paganas dentro de su calendario litúrgico, desplazando la elección simbólica del rey hacia la Epifanía y vinculándola con el ciclo que culminaría en el Carnaval y la Cuaresma.
En Europa, esta tradición tomó múltiples formas: el gâteau des rois y la galette des rois en Francia, , el roscón en la península ibérica y el bolo-rei en Portugal. En todos los casos, el pan conservó su carácter de sortilegio. Pero fue hasta mediados del siglo XIX cuando esta práctica llegó con claridad a México.
Las fuentes periodísticas señalan que ya en 1856, la familia francesa Frisard anunció la venta del “pastel de reyes”, traducción directa del gâteau des rois. Su consumo fue inicialmente un rasgo de distinción social entre las élites urbanas, particularmente durante el proceso de afrancesamiento del Porfiriato. No obstante, el pan encontró rápidamente un terreno fértil para adaptarse: una práctica social profundamente arraigada conocida como la rifa de compadres.
La rifa de compadres era una celebración de emparejamiento y compadrazgo que solía realizarse el primer jueves de enero, en fechas cercanas o coincidentes con el día de Reyes. A través de un sorteo en que se depositaban en una urna los nombres de los asistentes a la celebración, se creaban parejas y vínculos rituales entre hombres y mujeres, preferentemente en edad para contraer nupcias. Estos vínculos no sólo implicaban el derecho a llamarse compadre o comadre todo el año, sino una red de compromisos sociales que podía derivar en alianzas familiares o matrimonios.
La prensa decimonónica deja claro que estas fiestas no eran marginales ni improvisadas. En uno de los recortes se lee:
“De las posadas nacen relaciones amorosas entre los concurrentes y de los bailes de compadres, muchas promesas de matrimonio. Y he aquí como se van encadenando las fiestas, hasta parar en la vicaría. De las posadas al baile de compadres, del baile de compadres al de la Candelaria, del de la Candelaria al baile de bodas y del baile de bodas al bautizo de muchos chiquitines que aparecen un año después, y que acaso estaban ocultos en las piñatas o en los juguetes que contienen la colación”
En este contexto, la rosca de reyes adquirió una función clave. Al finalizar la rifa, el pan se partía entre los asistentes y quien encontraba el objeto oculto era proclamado rey o reina con derecho a elegir una pareja que lo acompañase. Este nombramiento no era meramente simbólico: implicaba obligaciones concretas, como asumir el compromiso de “levantar al niño” el 2 de febrero, día de la Candelaria u organizar el próximo baile de compadres, donde todas las parejas que se hicieron por sorteo tenían derecho a asistir.
Los versos publicados en la prensa refuerzan esta lectura lúdica pero comprometida del azar. En uno de ellos se lee:
“Ya eres mi compadre ¡oh tia!
Y no es del hado venganza;
Porque me dijo de chanza:
‘Te cayó la lotería’”
Aquí, la suerte no sólo provoca alegría, sino que legitima un nuevo lazo social. El azar, lejos de ser caótico, es aceptado como mecanismo de orden.
Otro fragmento poético compara a la elegida con una flor que mira al sol, metáfora clara del cortejo, el deseo y la promesa. Estos versos no son ornamentales: muestran que la rifa y el baile eran espacios de observación mutua, negociación afectiva y proyección matrimonial.
Originalmente, las roscas en México se decoraban sencillamente con azucar y grajeas, tal como algunos panes en la actualidad, llamados indistintamente como tortas de reyes. En su interior se colocaba una haba o, en algunos casos, una almendra.
Fue hacia finales del siglo XIX cuando comenzaron a introducirse figuras de porcelana representando niños, muñecas o incluso zapatos, principalmente para evitar que los asistentes se tragaran el haba y eludieran así la responsabilidad económica que implicaba organizar el baile. La sustitución del haba no eliminó el simbolismo; lo transformó. Las figuras comenzaron a representar alegorías del matrimonio, la familia y la descendencia.
Conforme la costumbre se extendió a otros estratos sociales, los gastos de los bailes se repartieron entre los invitados y las celebraciones se hicieron más modestas. En muchos casos, el compromiso se resolvió mediante tamaladas, comidas colectivas de tamales y atole conocidas también como tamalisas, que se realizaban el 2 de febrero como cierre del ciclo festivo antes de las carnestolendas y la abstinencia cuaresmal.
Así, la rosca de reyes no era un acto aislado, sino el detonante de una cadena de eventos que organizaban el tiempo social. Como señalan las fuentes hemerográficas, los primeros días del año estaban profundamente ligados al amor, al cortejo y a las relaciones afectivas, razón por la cual se asociaban con flores, regalos y símbolos como Cupido.
Hasta hace algunos años, en algunas roscas de Reyes se ocultaban un dedal y un anillo, que se repartían entre los miembros del hogar. A través de este pequeño sorteo doméstico se auguraba, especialmente entre los familiares más jóvenes, quién contraería matrimonio en el corto plazo y quién, en cambio, permanecería soltero o “se quedaría a vestir santos”
Entender la rosca de reyes desde esta perspectiva permite restituirle su densidad histórica. No se trata únicamente de un pan estacional ni de un juego doméstico, sino de un vestigio comestible de antiguas ideas sobre el destino, el azar y la construcción de comunidad. Cada enero, al partir la rosca, se reactiva una tradición donde comer también significaba elegir, comprometerse y pertenecer.

